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Title: 'Cause only when I'm gone...
Description: Priv. Steve


Amber Bell - January 18, 2011 05:13 AM (GMT)
Aquella era la primera vez que visitaba Londres desde el día en que se marchó. No había sido algo planeado, ni tampoco era que hubiera estado esperando por meses la oportunidad para hacerlo. El irse había sido para ella terriblemente doloroso. No podía decir que resentía a sus padres por tomar la decisión o a Marilyn por ser quien era. Nadie la obligó a irse con ellos, no a punta de pistola cuando menos. Pero en Londres había dejado demasiadas cosas: sus recuerdos, sus amigos, su carrera y su corazón.

Pensar en todo ello lastimaba, y con tal de no sentir más dolor se había forzado a "desconectarse" de la ciudad. Si no pensaba más en ella, no podía herirla su memoria. Y sin embargo, ahí estaba.

Había sido un comentario inocente. Una frase al aire sobre lo difícil que le era encontrar equipo adecuado en Valgrange y lo imposible que lo tenía para mantenerse actualizada en música. Y entonces Marilyn va y le suelta con toda naturalidad que por qué no ir a la ciudad de compras. Que ella lo hacía todo el tiempo, que no era la gran cosa.

Amber quedó con la boca abierta y un sabor amargo por el resto del día. ¿Así que para su hermana era todo tan sencillo? Un movimiento de varita, un viaje por chimenea, y todos sus caprichos se cumplian...

Tal vez si que la resentía un poco.

El viaje por Diagon Alley, el que nunca en su vida había visitado, la había puesto nerviosa. Valgrange era un lugar tranquilo, pacífico, donde a pesar de sentirse fuera de lugar creía, por lo menos a simple vista, no desencajar tanto. Aquel callejón había sido radicalmente distinto, una experiencia brutal. Lo había cruzado con la vista clavada al piso y siguiendo a Marylin a cada paso como si fuera su sombra.

Finalmente lo había conseguido. Estaba en Londres.

Y la nostalgia la invadió de súbito.

No podía evitar sentirse tan afectada. Era una persona sensible, una artista. Era contradictorio, pero al recorrer las calles de su antiguo barrio sentía que todo había cambiado y que al mismo tiempo seguía igual. Ya no estaba la heladería a la que tanto le gustaba ir cuando niña, pero el parque que visitaba al terminar las clases seguía intacto, como si nada hubiera pasado. Las tiendas que frecuentaba permanecían donde mismo, aunque ahora ya nadie la reconocía al entrar.

Tal vez se había exedido un poco. En Valgrange no solía ir de compras. Le seguía pareciendo extraño entrar a aquellos comercios, y a veces era hasta peligroso, como pudo comprobarlo la última vez que entró a la librería y un tomo de cuero casi le arranca la pantorrilla de un mordisco. Había llegado buscando un par de zapatos y terminó con una nueva maleta repleta de eso y más: Pen Drives con música, medias, leotardos y hasta calentadores.

A Steve siempre le había gustado como le quedaban los calentadores...

Londres le recordaba a él. ¿Que habría sido de él? Seguiría como repartidor o finalmente habría conseguido su gran oportunidad como actor... No había podido olvidarlo, y a veces llegaba a sentir que nunca lo haría. Si, entre risas le decía a Amelia que le ayudara a conseguir una cita pero... no era lo mismo. Había creído que segurían juntos por siempre y muchas noches las había pasado en vela preguntándose como habría sido todo si se hubiera quedado con él. Seguramente hubiera sido maravilloso, hasta que su hermano, Brigadista, hiciera o dijera algo que la llegara a herir al pensar en Marilyn.

Menudo golpe de realidad.

Pero a pesar de todo, no pudo controlarse. Sus pasos le dirigieron a aquella misma calle donde en frente de "Precission Dance Studios" estaba la pizzería del viejo Giacomo. La motocicleta no estaba a la vista, y aun si fuera al revés...

Suspiró. Tal vez era hora de ir a buscar a Marilyn.

Steve Moore - January 18, 2011 05:12 PM (GMT)
Ese día era duro. Desde las nueve de la mañana que estaba repartiendo pizzas por la ciudad, empezaba por la gente que venía de fiesta y les entraba el hambre –que debía admitir que aunque tenía que aguantar cada uno de las estupideces de borrachos acabados, dejaban unas propinas geniales (básicamente porque ni se acordaban del cambio)-, luego seguía con los que se quedaban en casa enfermos y llamaban a pedir una pizza pero que en realidad lo que querían era un poco de compañía por lo que se ponían a hablar durante cuartos de hora, algo que no era muy bueno para el negocio. Y luego, por último, la gente que no le apetecía cocinar para hacerles la comida a sus hijos y llamaban a pedir dos pizzas familiares de jamón york y queso.

Y sólo era mediodía. A decir verdad, todos los días era así, recorriendo la ciudad e ir adelantando a cada coche que estaba delante suyo para así poder llegar lo más pronto posible y entregar la pizza en el tiempo justo. Y por mucho que la gente decía que siempre había algo nuevo en la capital, era totalmente mentira, tantos días recorriendo las mismas calles y memorizándose todas las rutas se había dado cuenta de que siempre estaba la misma mujer de gafas negras caminando a toda prisa por la calle mayor sobre las diez de la mañana, y la misma tienda que hacía esos chocolates tan buenos con un vuelvo enseguida sobre las once. Siempre lo mismo. Rutina.

Volvía de dar la última entrega que había llegado a la pizzería, por suerte le había tocado una casa relativamente cerca del establecimiento, a diez minutos. Y si a lo mejor tenía algo de suerte, pasaría una media hora antes de que llamaran para pedir otra pizza y se podría relajar en una de las sillas del local y ponerse a ver la televisión, que él también tenía derecho a un descanso.

Aparcó donde siempre, delante de la pizzería. Puso el seguro y se encaminó hacia la entrada mientras se desabrochaba el blanco y viejo casco que le tocaba llevar siempre, al parecer a su jefe le hacía gracia verle con eso puesto en la cabeza y no le quería comprar otro más agradable.

No se fijó en quien estaba en frente aunque su preciosa melena rubia se podía ver a kilómetros de distancia, pero una corazonada le dijo que se girara, que quizás conociese a esa persona. Se detuvo delante de la puerta, aún intentando desabrochar el casco que ya empezaba a ponerle nervioso; Y luego se giró.

No podía ser. Era algo imposible, se la imaginaba bailando en algún teatro del norte o posiblemente viviendo en Francia. ¿Pero ahí, delante de él? Ni en sus sueños más proféticos habría podido imaginarse que algún día… volvería. Debía de ser una alucinación, debía de estar soñando. Demasiadas cosas pasaron por su mente, demasiados sentimientos.

Había fantaseado con el rencuentro, con al menos verla una vez más, incluso había jurado que había soñado con ella en uno de esos extraños sueños que le venían y que se cumplían. Se había cumplido, el destino le había sonreído. Pero… ahora que la tenía delante no sabía ni que decirle.

Se había quedado mudo.

- Amber… –Pudo decir entre balbuceos que posiblemente ella ni siquiera entendería. Y quería preguntarle qué hacía allí, si había decidido quedarse con él, si había conocido a alguien…

Tantas cosas…

Amber Bell - January 20, 2011 06:44 AM (GMT)
El sonido de la motocicleta que se acercaba provocó que su corazón diera un vuelco. Eran tal vez ideas suyas, pero juraba ser capaz de identificar el sonido tan característico de aquel motor en especifico, como si hubiera algo en él que fuera a distinguirlo de todos los demás. No era un vehículo último modelo, eso era más que obvio. Pero tampoco se trataba de una carcacha a punto de desarmarse. No había nada en especial que hiciera que la motocicleta destacara de entre las demás salvo quizá el logotipo de la pizzería pintado en la caja térmica.

Aun así, al escucharla acercarse, ella volteó. Por supuesto que era la motocicleta del repartido, y claramente aquel era el mismo casco que todos los empleados usaban, como si fuera impensable la idea de comprar alguno más nuevo, no tan maltratado.

¿Pero conocía acaso al repartidor? Apretó los labios y retrocedió un paso, El sentido común le gritaba que si había un momento para marcharse, aquel era el indicado. Sin embargo no pudo hacerlo. Lo que su cerebro le aconsejaba no era lo mismo que lo que su corazón le pedía, Frente a aquellas contradicciones internas no había manera de que sus piernas fueran a reaccionar como era debido. Era hasta irónico: era el movimiento de sus piernas lo que le daba para pagar las cuentas y en ese preciso momento las sentía tan inútiles como peso muerto.

No fue hasta el momento en que lo vio quitarse el casco que todo a su alrededor se congeló. Incluso contuvo la respiración por unos segundos. Tenía más de dos años de haberse marchado, y ahora lo tenía ahí, tan solo a unos metros de distancia...

¿Qué hacía ahora?

Era cierto que quería verlo. Tenía tantísimo tiempo muriendo de ganas por ello... pero ahora que el momento estaba ahí, al alcance de sus manos, no tenía idea de cómo reaccionar. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a explicarle el por qué estaba ahí? ¿No sería más fácil dar la media vuelta y correr?

Tal vez... solo un saludo...

A pesar que tenía el corazón encogido, sonrió. Incluso dió un par de pasos al frente, aunque la bocina del coche que se acercaba le alertó a penas a tiempo para evitar ser arrollada. Absorta en sus pensamientos no se había percatado de que habían estado a punto de pasarle por encima hasta escuchar el ensordecedor pitido. Asustada se sobresaltó y miró nerviosa hacia los lados. No había escuchado sonido similar en años, no desde que estaba en Valgrange. Terminó por sonreir suavemente, negar con la cabeza saludarlo desde donde estaba. Al parecer iba más nerviosa de lo que creyó en un comienzo.

Steve Moore - January 25, 2011 08:16 PM (GMT)
Y no podía creérselo, por mucho que su prodigiosa vista le hubiese asegurado que esa chica rubia que estaba en la cera de enfrente era Amber, él seguía sin poder creerlo. ¿Así de repente había vuelto? ¿Sin avisar y por pura casualidad? Era tan surrealista que ni él, un inocente paleto de pueblo, había podido aceptar esa realidad, parecía uno de aquellos sueños que le acechaban por las noches. ¿Estaba acaso soñando? ¿Un sueño, que al contrario de los demás, era muy exacto y más largo de lo normal? Por si era así, disimuladamente, Steve se pellizcó la mano fuertemente, esperando que así pudiera despertar. Pero no se despertó, solo sintió dolor, lo que le dio a entender que no estaba en ningún sueño, ni nada parecido.

¡Entonces era ella de verdad! ¡Había vuelto después de dos años sin verla y casi sin hablar con ella por el Messenger! No le importó si había otro encargo en la pizzería, en esos momentos solo podía pensar que la chica con quien había pasado los mejores momentos de su vida estaba en la cera de enfrente, a penas unos metros a distancia. Corrió hasta el paso de cebra cuando el semáforo se puso en verde, y tras cruzarlo, con paso ligero se acercó a ella, con el miedo de que fuera en verdad una ilusión y se tratara simplemente de otra chica rubia que guardaba un simple parecido con su ex.

Y todas sus dudas se despejaron finalmente cuando la tuvo totalmente en frente, sin coches, sin personas, sin nada que le obstaculizara la vista. Una gran sonrisa se dibujó en su cara, reflejo de la euforia que le inundó el primer momento que compartieron sus miradas.

- Has vuelto… –Le dijo algo que era totalmente evidente, si no hubiese vuelto no estaría ese preciso momento delante de él.

Y volver significaba volver para quedarse, ¿Verdad? O al menos así creía el joven Moore… O quería creer. Claro que existía la posibilidad de que simplemente estuviera de paso, pero no quería pensar en eso. Llevaba dos años sin verla, quería ilusionarse al menos cinco minutos; le volvería a decir que se quedara con él a vivir, que no importaba si tenían que dormir en la bañera los próximos veinte años si ella estaba con él.

Tampoco le importaba si había estado aliada con magos terroristas ni tampoco si había sido una espía en China. Sólo que se quedara con él, que no lo volviese a dejar solo de nuevo. Porque no quería volver a enfrentarse a la realidad de que tenía un hermano que, aunque no lo admitiera, estaba totalmente afectado, que a penas tenía amigos con quien salir y que su trabajo le traía más desgracias que alegrías.

La vida era una mierda para él.

Y más sin ella.

Amber Bell - January 26, 2011 05:18 AM (GMT)
Se acercaba. Viene hacia acá. Debía marcharse. ¡Muévete Amber! ¡Tenía que correr! ¡Esconderse! ¡Cualquier cosa! Deseaba con todas sus fuerzas el ir hacia él y abrazarlo, pero la voz del sentido común, esa misma que no dejaba de martillearle en los tímpanos, le gritaba que eso sería lo peor que podría hacer. Cabeza y corazón se contradecían. ¿Qué iba a hacer? Había estado a punto de cruzar la calle para saludarlo, pero ahora que él se dirigía hacia aquel estremo de la acera, empezaba a acobardarse.

Correr.

Correr.

No podía hacerlo.

Londres era su pasado. Uno que no podía mezclar con Valgrange. Un paso hacia atrás. Uno más. Sin embargo fue inutil. Tan solo fue capaz de moverse unos cuantos centímetros antes de que la luz del semáforo le diera el paso a Steve y él finalmente llegara hasta donde ella estaba.

Tenerlo al alcance de la mano, sonriéndole, fue abrumador. No lo había olvidado, ¿cómo iba a hacerlo si era el chico más dulce y cariñoso que había conocido? Se obligó a si misma a sepultar todos los sentimientos que guardaba hacia él con la esperanza de hacer la separación más fácil, más llevadera. Esa barrera funcionaba si estaban a kilómetros y kilómetros de distancia, no si se encontraban frente a frente.

"Has vuelto." Sobrecogida por el torrente de sensaciones sonrio de manera tenue. No era cierto. Si estaba en Londres era por casualidad, por conveniencia y algo de nostalgia, pero no había tenido en mente nunca el regresar.

No quería hacerse ilusiones ella ni que nadie más las tuviera.

Y sin embargo, se encontró abrazándolo de manera cálida, como quien reencuentra a un amigo después de una larga ausencia, cosa que no era del todo mentira, pero tampoco era la verdad completa, pues Steve no era para ella un "amigo" y nada más. -Hola Stewie. -Dijo casi en un susurro mientras enlazaba sus brazos al cuello del chico, y al separarse le sonrió. - Vengo... - ¿De visita? No era precisamente eso. ¿De paso? Tampoco.

No sabía explicarse ni describir el cómo se sentía, pero sentir de nuevo el calor de su cuerpo, aun bajo el cruento enero londinense, hacia que su pecho vibrara con violencia y un nudo se formara en su garganta. No quería pensar demasiado. No quería recordar a Marilyn, a Valgrange ni a la Magia en ese instante. ¿Acaso no había esperado tanto por aquella oportunidad? ¿Llorado desconsolada por semanas y semanas cuando tuvo que dejarlo? Tenía que aprovechar ese momento, por corto que pudiera llegar a ser.

Por eso su sonrisa se amplió a pesar que el nudo en su garganta pareció fortalecerse. Lo estrechó con un poco más de fuerza también. No obstante, no dijo nada. Nunca había sido una persona de muchas palabras, y es que la elocuencia no era precisamente una de sus mejores cualidades. Se expresaba con su cuerpo, no con su boca.

Al diablo con todo. Actuar ahora y lidiar con las consecuencias después. Cientos de personas vivían de aquella manera. Pues bien, ella podía hacerlo por una tarde: desentenderse de todo lo demás, incluso de aquel nudo en su garganta, y simplemente alegrarse por lo que se le ofrecía. -¡Mírate! ¡Cómo has estado! ¡Creo que hasta estás más alto! - Y mirándolo a los ojos no podía dejar de pensar...

¿Qué hubiera pasado si se hubiera quedado?

Steve Moore - February 1, 2011 04:29 PM (GMT)
La abrazó con fuerza, por los dos años que había estado sin hacerlo. Dos años anhelando sentir de nuevo sus brazos alrededor de su cuello, dos años anhelando volver a sentir su barbilla apoyarse en su hombro… Dos largos años que le habían parecido cuatro, o cinco, o incluso seis.
Hola Stewie…, una sonrisa se volvió a dibujar en el rostro de Steve; sólo habían tres personas que le llamaban así en todo Londres: sus dos hermanos y ella.

Lo había soñado, había soñado con esos mismos ojos verdes y esa sonrisa perfecta días antes, porr mucho que se hubiese convencido de que nunca se iba a cumplir, lo había hecho. Era otro de tantos sueños proféticos que había tenido. Y aunque hubiese intentando borrarlo de su mente y convencerse de que había sido alguna alucinación producto de algún bajón, en el fondo no había perdido la esperanza de que realmente aquella imagen se cumpliera de verdad.

Miró de reojo la pizzería, fijándose en si estaba su jefe otra vez gritando como un loco, que era lo que solía hacer cada vez que entraba en el establecimiento. Aunque, por esa vez, le daba igual que le echara la bronca o que le despidiese, ese día iba a valer la pena. La protagonista de sus sueños, nunca mejor dicho, estaba plantada delante de él, clavando sus ojos verdes en él, esperando una contestación. Mandó a la mierda a su jefe y, sin mirar siquiera si se había dado cuenta de que tenía la moto aparcada delante del restaurante, volvió la mirada hacia Amber para dibujar otra sonrisa en su rostro.

Se rió cuando la rubia dijo que le veía hasta más alto; con el tiempo no había perdido ese humor que tantas risas le habían arrancado hasta en los malos días.

- ¿Tú crees? –Le siguió la broma- Es que mi hermano está probando los métodos de tortura de la brigada conmigo.

Si la brigada usaba de verdad métodos de tortura como la máquina para alargar los huesos o no era algo que Steve ignoraba por completo, pero imaginárselos a todos esos soldados divirtiéndose con los pobres magos para que contaran donde se encontraban las comunidades mágicas era algo muy desagradable a su parecer. Su hermana siempre le había dicho que tenía más fantasía que un novelista, pero él siempre se divertía imaginándose cosas absurdas.

- Bueno, sigo en el mismo trabajo cutre de siempre –Le contestó- Pero, ¿Qué hay de ti? ¿Dónde has estado? –Le preguntó- Déjame que lo adivine… París, ¿Verdad?

Y, aunque nunca se lo iba a preguntar por respeto o posiblemente vergüenza, lo que de verdad quería preguntarle era…

¿Has conocido a alguien?

Amber Bell - February 7, 2011 06:45 AM (GMT)
- Es que mi hermano está probando los métodos de tortura de la brigada conmigo. - Aunque para él era una broma, a ella le sentó como un puñetazo directo a la boca del estómago que la hubo sofocado y dejado con dificultades para respirar. Procuró mantener su sonrisa inalterable y no mostrar lo que le dolían sus palabras. Estaba en posición para bromear lo que le placiera sobre el trabajo de su hermano, y a decir verdad ella había visto a Richard esforzarse para dejar de ser solo un guardia de seguridad y aspirar a un mejor puesto. - O creciste tú o tu peinado es más alto. -

Para su mala suerte, aquel mejor puesto que el hermano mayor de Steve tanto había trabajado para obtener, era uno que atentaba directamente contra Marilyn. Fue un recordatorio agresivo y descorazonador, pero a la vez le trajo de vuelta a la realidad. ¿Se preguntaba qué habría pasado si hubiera aceptado la propuesta del joven Moore y se hubiera quedado en Londres con él? Seguramente hubiera sido maravilloso al principio...

Pero para los trer hermanos Moore, la magia era algo malvado. En el otro lado de la balanza estaba Marilyn, su hermanita, a quien siempre había intentado proteger y por quien nunca dejaría de velar, aún y cuando esa tarde iba furiosa con ella.

- Vamos, yodos los grandes actores empezaron desde abajo. - ¡Y tenía talento, ella lo sabía! Recordaba con toda claridad aquellas tardes en la terraza de su piso hablando sobre el futuro, cuando él lograra hacerse de aquel papel revelación que lo lanzara al estrellato, y ella tuviera su gran oportunidad para darse a conocer. Cuando entre risas decían que algún día el desfilaría por la alfombra roja del Festival de Venecia, y ella bailaría para las grandes compañías en Francia.

Pero la realidad era que nunca había estado en París. Que probablemente jamás bailaría para en aquellos escenarios, no si vivía escondida temiendo por todo lo que podría pasar.

- No, ¡ojalá! - No podía decirle la verdad, por mucho que quisiera hacerlo. Si con querer a alguien fuera suficiente,,,

Porque yo te quiero. Si tan solo las cosas fueran distintas...

- No, no. Seguimos en Inglaterra. Vivimos al norte. - ¡Ni siquiera sabía si eso era cierto o no! Ella no tenía idea de cual era la localización exacta de Valgrange. No recordaba tampoco si alguna vez lo supo o siempre la desconoció. Tal vez hubieran borrado su memoria con un hechizo... y a pesar que le asustaba imaginar algo así, lo entendía. Debían protegerse, y ella ahí era la "extraña". - Venía a buscar material, no es que haya mucho surtido por allá y... bueno, quise pasar a saludarte. - ¿Para que mentir? Si estaba justo en esa acera era porque tenía la ilusión de verlo.


Steve Moore - February 13, 2011 08:07 PM (GMT)
- Pues… Me corté el pelo el otro día –Contestó sin tener claro si por el corte estaba más alto.- A lo mejor es verdad y ahora a la vejez he crecido

Notó que se había puesto incómoda cuando nombró una máquina de tortura para magos, pero no dijo nada, era solo una broma y ella lo sabía. Nunca habían hablado de política mágica porque estaban más bien claras las posturas de ambos, ella era pro-mágica y él antimágico. Pero, ¿Cómo no iba a serlo si su propio hermano se ponía en peligro cada vez que se plantaba delante de un mago y le pedía pacíficamente que dejara la varita para después tener que dispararle antes de que ese degenerado le provocara heridas graves? Amber nunca se había dado cuenta del peligro que corrían los humanos teniendo a tales personas con tan malas intenciones.

Obvio sabía que tenían que haber magos buenos, igual que habían humanos malos. Pero, ¿Dónde estaban? Lo único que salía en la tele eran más y más asesinatos de mano de aquellos psicópatas, ¿No debían de salir los buenos a salvar a los humanos de aquellos asesinos? Demasiadas series de los Power Rangers había visto en su vida…

- Casi me cogen para una película ¿Sabes? –Le comentó, aunque no le dieron ni un papel secundario.

No le preocupaba que no le cogieran en los papeles a los que se presentaba, su sueño de ser actor se había quedado enterrado hacía tiempo, se había dado cuenta de la realidad que le rodeaba y había aprendido a conformarse con lo que tenía. Una casa, de alquiler pero una casa; un trabajo, cutre pero un trabajo; dos hermanos que le apoyaban, uno estaba amargado y la otra se pasaba el día estudiando pero le apoyaban al fin y al cabo; y una moto, del trabajo, pero la tenía. Con las pequeñas sorpresas del día a día tenía bastante, como esa que le había pasado ese mismo día. Ella delante de él después de dos interminables años, posiblemente una alegría que le duraría durante semanas.

- ¿El norte? –Preguntó asombrado, ¡Él era del norte!- Frío, ¿Verdad?

Y no podía evitar preguntarse: ¿Qué diablos hacía hablándole del tiempo de Londres? Vamos, tenía a su ex delante de él, la ex que por mucho que lo había intentado no había podido olvidar y con la que solo quería hablar en ese momento de su relación acabada y su nueva vida.

¿Tenía un nuevo novio? ¿Seguía queriéndole tanto como antes? ¿Quería quedarse con él aunque fuese una semana? Porque notaba, porque sabía, porque estaba seguro de que con una tarde no iba a ser suficiente para él.

Y ella lo notó en su expresión cuando le dijo que estaba de paso y que solo buscaba material. Sólo había pasado a verle, no quedaba nada ¿Cierto?

- Ah… –Fue lo único que pudo decir.



Amber Bell - February 14, 2011 07:45 AM (GMT)
- ¿Por la vejez? Nah, lo dudo. Todavía te faltan muchos años antes de comenzar a sacar canas. - Bromeando se estiró un poco para poder pasarle los dedos entre el cabello de manera juguetona. Extrañaba de menos aquella cercanía, ¿podría hacerse una idea de cuanto?Pero no tenía opción, no le quedaba nada más por hacer que fingir estar entera y en perfecto control de sus emociones, o de lo contrario se rompería ahí mismo y eso era lo menos que deseaba hacer.

- Horrible. - Suspiró brevemente con una sonrisa torcida en los labios. No era precisamente el clima de Le Valgrange lo que le parecía tan detestable, era aquella sensación que nunca le abandonaba, no importaba cuanto tiempo pasara en el pueblo. Esa misma que le decía que ella ahí no tenía nada que hacer ahí, que no la querían cerca. Claro que había conocido a buenas personas como Amelia y Shawn, pero tampoco perdía de vista que si había conocido al auror en primer lugar era debido a que una noche estuvieron a punto de atacarla. - Pero te terminas acostumbrando. - No había tenido más remedio. O se adaptaba, o era infeliz. Solamente había dos opciones.

- Ah… -

Ella agachó la mirada. "Ah". Ni siquiera era una palabra entera. Un simple sonido, una exclamación y ya, pero iba tan cargada de sentimiento, con tanta desilusión que hasta casi podía tocarla cuando exhaló, que le había hecho sentir aquella tan conocida opresión en el pecho.

En efecto. "Ah".

- Te... mmm... ¿queda mucho del turno? - Si tan solo tenía un día en Londres, no quería ligarlo a aquella mirada de desilusión en los ojos verdes del muchacho. - ¿A ver si podemos ir a tomar algo? - ¿Y qué caso tenía si en verdad eran pocas las cosas de las que podrían hablar? Sería hacerse tonta ella sola, pensando que podrían pasar una tarde tranquila y normal sin permitir a sus sentimientos aflorar.

Pero...

Si esta era la única oportunidad que tenía...

Entonces prefería engañarse a si misma. Solo por una vez, sin pensarlo, sin preocuparse por consecuencias, peligros o secretos. - Digo, si te apetece... -

Steve Moore - March 1, 2011 05:46 PM (GMT)
Al fin y al cabo, habían pasado dos años de su traslado al norte, y aunque el joven Moore no había rehecho su vida sentimental –tenía que admitir que ni siquiera se había ido de fiesta desde entonces, quitando de algunas veces contadas en las que se había ido a tomar unas cervezas con sus hermanos-, debía de admitir que ella, quien no era como él, sino más fuerte y mucho más realista, había pasado página. O al menos, esa era la sensación que había sentido él, nunca había sido bueno descubriendo que le pasaba a la gente por la cabeza, no era un mago y menos un vidente, solo se podía guiar por los gestos. Y algo en la rubia le decía que ella sí sabía que habían terminado para siempre.

Sintió un nudo en el estómago, no iba a llorar, no delante de ella al menos. En momentos como esos habría deseado tener el temple de su hermano e incluso el de su hermana, él siempre había sido el llorón de los tres, el que con un nada se agobiaba y creía que no había luz. Siempre había sido el débil. Pero nada le impidió recomponer su cara de disgusto con una sonrisa.

- Pues… –Miró su reloj, conforme con el cambio de conversación- Aún me queda una hora y media, más o menos –Luego subió la mirada hacia ella y volvió a sonreír, esta vez con una sonrisa verdadera- Ahora mismo no puedo irme, porque demasiado contento está el jefe conmigo

Podía detenerse a hablar con ella, las pizzas no se las iban a comer las ratas, pero… otra cosa distinta era irse a tomar un café y buscarse un despido tan grande como una catedral.

Aunque, si solo estaba de paso… Diez minutos no iban a importarle a nadie, ¿Verdad?

- Claro, un ratito no le hará daño a nadie -¡Vamos, esa pizzería donde trabajaba era un sitio cutre! Seguramente no recibiría un pedido en media hora por muy grande que fuese.

No hizo falta pensar demasiado para saber a qué sitio ir, pues había uno al cual Amber seguro que estaría encantada de ir. Solían ir a tomar algo a ese sitio cuando él acababa el turno o cuando ella se quedaba hasta tarde ensayando.

- Siguen dando una tapa por una cerveza –Le comentó mientras se detenía delante de la cafetería en la que tan buenos momentos habían pasado.


Amber Bell - March 4, 2011 07:16 PM (GMT)
Por favor, di que sí.... Le sonrió de una forma que rozaba incluso lo suplicante. Sólo una vez más, eso era todo lo que necesitaba.

No cambiaría nada por convencerlo de pasar la tarde a su lado. Ni Marilyn dejaría repentinamente de ser bruja y podrían recuperar su vida normal, ni él cambiaría su manera de pensar, ni mucho menos Richard renunciaría a la brigada. Todo seguiría siendo igual de complicado, igual de doloroso. No desaparecerían esos deseos que a veces le invadían con tanta fuerza, esa ansia por mandar a volar todo y regresar a Londres. Tenía amigos en la comunidad mágica a los que quería infinitamente por haberle extendido la mano en esos momentos en que más lo había necesitado.

Pero no era su lugar.

¿Una hora y media antes de terminar su turno? Podía esperarlo. No le importaba si su hermana venía buscándola y llorando que quería marcharse ya, ella se quedaría. Deseaba como nada poder tener aquella oportunidad a su alcance, y como si tenía que quedarse afuera de la pizzería esperándolo, ella esperaría.

Aquella resolución, esa seguridad que sintió tan de súbito y de manera tan avallasadora le tomó por sorpresa, descolocándola por un momento. Confundida alzó la mirada, justo para encontrarse con la respues que él le daba, que en efecto se tomaría un descanso y le acompañaría.

Ella sonrió, y con su sonrisa intento disimular aquel punzante dolor que sentía taladrándole el pecho. Querer hacer y querer decir tantas cosas al mismo tiempo, y saber que no podía, que no debía... ¡estaba volviéndose loca!

Se leía en su rostro que algo le ocurría. No podía contenerse. No era la clase de persona que podía encerrar sus sentimientos en una cápsula y tragársela luego para asimilarlos todos de manera brusca. Necesitaba dejar todo salir. Sacarlo todo dentro de su interior o explotaría. Y en medio de aquella turbulencia que se sucitaba en su interior se encontró acompañándole por un camino que le resultaba tan familiar que al mismo tiempo que le entusiasmaba, la lastimaba.

¿Cómo olvidar aquellas noches acurrucados en el sillón junto a la ventana de la cafetería? Él aún con su uniforme, ella con la chaqueta de él encima y los calentadores en sus piernas... cuando todo era sencillo, cuando no tenía que esconderse, cuando había creído en el felices por siempre y toda aquella fantasía en su cabeza parecía plausible. Cuando soñaba con que él encontraría un trabajo mejor yle darían un papel importante en el teatro, y ella bailaría para compañías grandes, y ambos se mudarían a un piso juntos y harían su vida uno al lado del otro. Había sido ingenuidad casi infantil la que le llevó a creer que todo aquello podría realizarse, y ahora...

Le sonrió dispersa cuando se detuvieron frente a la puerta del local, sin prestar demasiada atención a lo que le decía sobre las tapas. Estaba hecha un desastre por dentro. Volver a verlo había provocado una revolución entera en su corazón y se sentía como hoja a punto de ser barrida con brusquedad por el viento. Era una sola oportunidad la que tenía y estaba desaprovechándola ahí, a punto de echarse a llorar...

Odiaba esta situación. La odiaba con todas sus fuerzas. La impotencia, la inseguridad, el preguntarse que hubiera pasado si hubiera decidido quedarse. ¿Y si nunca volvía a vivir alto tan bonito como lo que tuvo con él? ¿Y si había hechado por la borda todos sus sueños?

Amaba a su hermana, ¿pero qué era una vida sin ilusiones que perseguir?

Sin nadie con quien compartirla...

Porque en dos años no la había compartido con nadie.

Por que lo había estado esperando a él.

Se le formó un nudo en la garganta y al instante los ojos se le humedecieron. De nuevo se encontraba en la batalla entre lo que quería y lo que debía hacer. Había soñado tantas veces con esa oportunidad y ahora estaba a punto de echarla a perder...

Si no se decidía...

Negó con la cabeza de manera vehemente. Ocultó el rostro entre sus manos. Comenzaba a agitarse. No pudo más. Terminó por desmoronarse. No era tan fuerte como él creía. No podía cargar con tanto peso encima, mucho menos si lo hacía sola. Y justo era así, sola, como ansiaba con cada fibra de su ser dejar de sentirse.

Le miró a los ojos y dejó de pensar. Porque pensar implicaría pesar de nuevo todas las consecuencias y recordarse lo imprudente y egoísta que estaba siendo. Pero sentía que se moría, y que el único salvavidas que tenía para no ahogarse era... él.

Siempre había sido él.

Perdóname, Marylin.

Y con aquel último pensamiento en mente, le tomó el rostro entre ambas manos y lo besó...

Había sido una tontería. Había tantas cosas que podían salir mal y esconderse de ellas no las haría disiparse, pero... sollozó con voz quebrada, y al separarse de él le abrazó con fuerza. No quería abrir los ojos y enfrentarse a la realidad, a todos aquellos pesos que cargaba sobre los hombros y que le hacían sentir como si nada tuviera sentido.

Steve Moore - March 10, 2011 08:42 PM (GMT)
Silencio. Simplemente silencio. Esa ausencia de palabras que a veces era mágico, otras veces incómodo… Y otras simplemente no se sabía porque ocurría. ¿Asombro? ¿Nostalgia? Steve nunca había sido bueno descifrando sensaciones, y más cuando él mismo estaba sumido en sus propios recuerdos, todos buenos a pesar de ser tan pesimista y taciturno como acostumbraba a ser. Ladeó la cabeza para ver el rostro de su acompañante y para después notar un fuerte pinchazo en el corazón.

Se había equivocado, no debía haberla llevado allí, lo había hecho mal, siempre lo hacía mal todo. ¿Cómo iba a sentirse bien delante en esa cafetería después de todo lo que habían vivido allí dentro? Si incluso fue al primer sitio donde fueron cuando empezaron a salir. Se había comportado de una forma tan egoísta al pensar que ese era el sitio indicado sin ni siquiera saber si ella misma quería ir allí. Seguramente le habría dicho que sí, que quería volver a la cafetería.

Pero en el fondo sabría que ir allí iba a ser malo para ella.

La abrazó llevado por ese instinto protector que tenía hacia ella, ese instinto con el que pretendía consolarla y protegerla, aunque realmente era para sentirse él consolado. Fue su primer roce verdadero después de tantos años sin verla, sin pura formalidad, solo llevado por lo que de verdad sentía por ella.

- Por favor, no llores –Le imploró con la voz rota, porque si ella lloraba, él no iba a tardar en hacerlo; porque no quería guardar su último recuerdo con lágrimas como la primera vez que se despidieron; y porque por mucho que quería ocultarlo, ella era la fuerte y no él.

Y entonces, le besó y sólo fue en ese momento cuando el tiempo se detuvo para el joven repartidor. Y finalmente se dio cuenta, más que nunca, que si se volvía a marchar sería él el que se fuera detrás, porque no iba a volver a poder conciliar el sueño sin ella. La necesitaba a su lado más que nunca. A pesar de vivir con sus hermanos, se sentía sólo; necesitaba un apoyo que solo Amber podía darle y también dárselo él.

La quería, sin ella la vida sólo quedaba en dormir, comer y trabajar, sin alegrías, sin penas, sin emociones… Quería volver a vivir si ella iba a estar a su lado, sino sólo sería otro autómata de la capital de Londres. Volvió a abrazarla.

- Quédate... –Y no pudo evitar desahogar ese nudo que tenía en la garganta con dos lágrimas que salieron tímidamente de sus ojos. No iba a llorar, no iba a llorar, si mas no, no delante de ella.


Amber Bell - March 10, 2011 09:30 PM (GMT)
No era tan fuerte, no ahí ni ahora que de no ser porque él la sostenía entre sus brazos se hubiera desmoronado. Y en medio de esa calle transitada, donde las personas iban y venían sin prestar atención a los rostros que sumidos en su propio universo ignoraban todo lo que pasaba a su alrededor, atrapados en el caos urbano de estruendosos sonidos y sueños atrapados en concreto le llegaba el momento de tomar una decisión aterradora que definiría el rumbo que su vida tomaría.

En ese momento resintió más que nunca al mundo en que vivían. Si todo el asunto de la magia había estado siempre presente y oculto, ¿por qué no podían ser las cosas como los libros de Marilyn decían? ¿Por que ella no podía hacer la vida que quería al lado de la persona a quien amaba?

¿Por qué estaba obligada a escoger?

- Quiero quedarme Steve, quiero quedarme... - Y aunque le pidiera que no llorara le era imposible el contener sus lágrimas. Había sido demasiado tiempo el que pasó tragando toda la rabia que sentía, todo el miedo y el dolor para asegurar que su hermana pudiera estar a salvo. Y lo había logrado. Marilyn estaba segura, libre de la pesercusión...

¿Pero y ella qué?

No le importaba tener que dormir en el suelo, tener que dejar de bailar para conseguir un trabajo que pagara mejor. Estaría incluso dispuesta a bailar en escenarios en los que el aplauso más significativo llegaba de las palmas de un hombre sosteniendo su whisky y grita de la manera más soez que quiere verte subir por un poste de metal. ¡Cualquier cosa! Cualquier trabajo por frustrante o denigrante que fuera si es que así tenía la oportunidad de construir algo con él.

- Pero tengo miedo que no vayas a quererme. - Lo estrechó con más fuerza entre sus brazos, enterrando el rostro en su pecho. Seguro que las manchas de sus lágrimas le habían arruinado la chaqueta del uniforme. Temía que la rechazara si le decía la verdad. Temía que si le decía la verdad estaría poniendo en peligro no solo a su hermana sino a todos en Valgrange. Temía que si no decía nada y regresaba a la comunidad mágica sería infeliz y cometería el peor error de su vida.

¿Y qué era peor? ¿Traicionarlos a ellos o traicionarse a si misma? Era egoísta y probablemente no se lo perdonarían, pero si tenía aunque fuera una sola oportunidad...

- Mi hermana es... mi hermana es... Marilyn hace m... m... - No podía ni siquiera decirlo en voz alta. Nunca sabía quien escuchaba, dónde era un lugar seguro, ya nunca podía estar segura de nada.

Pero lo Amaba.

Y en Valgrange no había nada para ella.

- Bru..bruja... - Cerró los ojos. Se separó de él y agachó la mirada.

No soportaría verle reaccionar.

Steve Moore - March 12, 2011 03:17 PM (GMT)
¿Miedo a qué no fuera a quererle? ¿Cómo podía tener miedo a que él no le quisiera? Habían pasado dos años desde que ella se había ido, y no la había podido olvidar. Seguía acordándose de ella siempre que pasaba por cualquier sitio e incluso no podía evitar pensar en comprarle algún regalo y enviárselo aunque no supiese la dirección de donde vivía. Todos sus pensamientos lo ocupaba ella junto a esos sueños que le carcomían por dentro. Pero sabía, que cuando ella estuviese cerca, dejaría de pensar en ellos porque tendría otras cosas en las que poder reflexiones sin que tuvieran que ver con asesinatos, magos o desastres naturales.

- Sabes que no puedes tener miedo de eso –Le consoló mientras la abrazaba con más fuerza, como si sintiera que si aflojara se iría y no volvería.

Él era el que tenía miedo, miedo por que se marchara y lo volviese a dejar sólo como la primera vez que lo hizo. Sabía que ella no quería separarse tampoco de él, pero también sabía el deber de tener que irse porque solo estaba de paso. Un de paso que el joven no podía evitar desear que fuese un de para siempre.

Entonces, las siguientes palabras de la rubia cayeron sobre él como un torrente de agua fría. Se quedó callado y dejó que se separara de él por el shock. Sus ideas poco a poco fueron ordenándose y fue en aquel momento cuando empezó a entender el por qué de la mudanza de Amber y también por qué no le había dado ninguna dirección para poder ir a visitarla. Todo encajaba.

No se enfadó, simplemente estuvo unos momentos desorientado hasta que la volvió a abrazar.

- Dime que no estabais en la comunidad de Londres – No quería ni pensar que Richard hubiese matado a alguno de los vecinos de ella, aunque supiere que no mató a nadie, y menos que hubiese sido a la propia Amber.

Ya no le importaba que la hermana de la rubia fuese una bruja, tampoco que fuese una atracadora de bancos, ni mucho menos una psicópata. Sabía que los brujos eran muchos unos terroristas, pero también sabía que la Marilyn no iba a serlo, la conocía y confiaba en la rubia. Le daba igual la condición de su familia, al igual que también le daba lo mismo que Richard estuviese metido en la Brigada, si hiciese falta él mismo le plantaría cara y le dejaría las cosas claras para que respetara a la familia de la bailarina.

Sólo quería estar con ella, ¿Por qué iba a interponerse lo políticamente correcto en medio?





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