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Emelie vestía la misma túnica morada que había usado en su última clase de adivinación, los mismos zapatos que escondían sus costuras y reparaciones con magia, el amortentia colgado al cuello y la varita en el bolsillo, mientras caminaba hacia los despachos de los profesores.
Más de una vez había andado aquel camino, directo al despacho de Gerhard Immëndorff, y todas esas veces había deshecho sus pasos para regresar nuevamente al observatorio o al aula de adivinación o al refugio que significaba Arianrhod para ella. Nunca se había sentido de aquella manera, tan equivocada; nunca había sentido la necesidad de arrepentirse de sus actos y, en definitiva, nunca había sentido que debía cambiar lo que hacía y es que para Emelie todo lo que hacía estaba, y debía estar, perfecto. Sin error.
Y, por sobre todo, se sentía molesta. El arrepentimiento era para débiles y eso le fastidiaba. Le fastidiaba el hecho de saber que lo que le sucedía no era más que un ataque de debilidad, producto de aquel impulso por estudiar algo que no la llenaba, algo que no le interesaba en lo absoluto. ¿Cuántas veces no se había sentido orgullosa al elaborar perfectamente una poción durante su estadía en Hogwarts? ¿Cuántos libros sobre plantas e ingredientes no había tomado de la biblioteca? ¿Cuántos escarabajos, entrañas e insectos había tenido que encontrar y tomar con sus níveas manos? Había sido su soberbia, su orgullo e indolencia, aquellas ganas indescifrables de una absurda venganza, lo que la había movido a estudiar adivinación, eso y los terribles dolores de cabeza que acompañaban a sus visiones.
Además, la Arianrhod estaba ofendida. Sí, Greta Lestrange la había ofendido como nunca nadie lo había hecho (o al menos así era para ella) y, si la carrera le había resultado fatal, inserivible, la actitud de la profesora hacia con ella, dándole puntos a la facultad como si de una burla se tratase, por lástima, había sido la gota que colmó el vaso.
Aún así. Prefería detenerse ahí y empezar la carrera de pociones antes de que pasara más tiempo. Le quedaría el recuerdo de que había intentado la otra, aunque nunca le hubiese funcionado.
Llegó al despacho del decano, le dio tres golpecitos a la puerta y esperó. Esperó a escuchar cualquier indicio de que podía entrar. Por fin estaba decidida: se iba a cambiar de facultad.
¿Puedo hablar con usted? –inquirió, apenas entró. No lo conocía, nunca había hablado con él y no esperaba que él tampoco la conociera.
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